Rous respiró hondo apenas cruzó la puerta del sótano. El aire era distinto ahí abajo. No solo por la humedad o el olor metálico que se pegaba a la garganta, sino por el peso invisible de lo que ese lugar representaba.
Cada paso resonaba como un recordatorio: ese no era solo un sótano, era una parte grande en el corazón sucio del imperio de Caleb. Y ahora, también, el punto exacto donde la vida de Rous del pasado se le había partido en dos. Pero ahora era la Rous del futuro la que tenia su propio futuro en sus manos.
Las monjas se quedaron atrás. Ninguna se atrevió a acompañarla. Tal vez por miedo, tal vez por respeto. Rous no las miró; estaba demasiado ocupada observando lo que tenía frente a ella. Sus miradas eran completamente diferentes, su ambición se hizo notorio de inmediato y la muerte de la madre superior, había quedado en el olvido. Por lo menos para la Rous del futuro que había regresado a ese pasado del que imagino no iba a volver.
Cajas apiladas. Filas interminables de caj