Caleb seguía ahí, de pie, con el arma firme y la mirada clavada en Milán como si lo estuviera desarmando por dentro, pieza por pieza. El silencio en la habitación era tan pesado que hasta Chelsea sentía que le costaba respirar. El aire olía a sudor, a miedo, a algo que ya no tenía vuelta atrás.
—Te estoy esperando —dijo Caleb, despacio, con una calma que daba más miedo que un grito—. Te arrodillas, me juras que no tienes nada que ver con lo que hizo Rous y me besas las botas. ¡Es tan simple como eso!
Milán tragó saliva. Sus piernas temblaban, pero no se movió. —Te juro que no tengo nada que ver con eso —dijo, alzando un poco la voz, tratando de sostenerse—. Mi lealtad siempre ha sido contigo, Caleb. Siempre. Pero eso… eso no lo voy a hacer. ¡Es denigrante!
Caleb ladeó la cabeza, como si acabara de escuchar algo curioso. —¿Humillante? ¿No lo harás? —preguntó—. Mira qué valiente. Pero en el pasado no lo hubieses dudado.
Bajó el arma apenas un poco y la apuntó directamente al cuerpo de M