Caleb seguía ahí, de pie, con el arma firme y la mirada clavada en Milán como si lo estuviera desarmando por dentro, pieza por pieza. El silencio en la habitación era tan pesado que hasta Chelsea sentía que le costaba respirar. El aire olía a sudor, a miedo, a algo que ya no tenía vuelta atrás.
—Te estoy esperando —dijo Caleb, despacio, con una calma que daba más miedo que un grito—. Te arrodillas, me juras que no tienes nada que ver con lo que hizo Rous y me besas las botas. ¡Es tan simple com