Rous del futuro supo que había ganado algo más que una concesión cuando el silencio volvió a instalarse entre los tres. No fue un triunfo ruidoso ni inmediato; fue uno de esos acuerdos que se sellan en la mirada, en la tensión contenida, en la certeza de que nadie salía ileso.
—Cincuenta por ciento —dijo ella finalmente, con la voz firme, sin alzarla—. Ni un punto menos.
Caleb la observó como si intentara descifrar en qué momento exacto aquella mujer había dejado de ser predecible. Milán, en cambio, sintió que el suelo se desplazaba bajo sus pies. Ese no era el plan. Nunca lo había sido. Rous debía ser el detonante, no la socia. La mujer dispuesta a incendiarlo todo, no a quedarse con la mitad de las cenizas.
—Estás pidiendo demasiado —respondió Caleb, aunque ya sabía que la negociación había llegado a su límite. Caleb solo estaba viendo una oportunidad y no una negociación con su esposa despreciada.
Rous sostuvo su mirada sin pestañear. —Estoy pidiendo lo justo —replicó—. Sin mí, no