Milán cabizbajo, aunque no podía dejar de mirarla. Había algo en ella que lo descolocaba. No era solo deseo. Era esa sensación de que ella sabía cosas que él apenas estaba empezando a entender.
—Mientras, ¿tú haces eso? —dijo Milán—, yo voy a moverme por otro lado. Ya tengo contactos con la justicia antinarcótica internacional. Gente que buscaba la cabeza de David y la de mi padre desde hace años, pero nunca tuvo pruebas suficientes.
Caleb alzó una ceja. —¿Y ahora sí? ¿Ahora si las hay?
—Ahora