Milán cabizbajo, aunque no podía dejar de mirarla. Había algo en ella que lo descolocaba. No era solo deseo. Era esa sensación de que ella sabía cosas que él apenas estaba empezando a entender.
—Mientras, ¿tú haces eso? —dijo Milán—, yo voy a moverme por otro lado. Ya tengo contactos con la justicia antinarcótica internacional. Gente que buscaba la cabeza de David y la de mi padre desde hace años, pero nunca tuvo pruebas suficientes.
Caleb alzó una ceja. —¿Y ahora sí? ¿Ahora si las hay?
—Ahora sí —respondió Milán—. Les voy a entregar un plan completo. Fechas, horarios, rutas. Todo. Va a tomar unas treinta y seis horas ejecutarlo bien, pero si funciona… no solo cae mi padre. Caen todos los que están conectados a él.
El silencio que siguió fue pesado, pero distinto. No era duda. Era conciencia de riesgo. —El ruso está en el muelle —dijo Caleb—. Esperando mi llamada para confirmar que la empresa empieza a mover la droga.
Rous extendió la mano. —Dame el teléfono.
Caleb dudó un segundo. Lu