En el futuro todo estaba en arranque, pero Milán continuaba con el deseo reprimido. El trayecto hasta la empresa de exportación se hizo en un silencio cargado, no incómodo, pero sí denso, como si cada uno de los tres estuviera ordenando piezas internas antes de que todo comenzara a moverse de verdad.
La ciudad pasaba frente a los vidrios polarizados del vehículo con su ritmo habitual: gente vagando, semáforos cambiando de color sin saber que, en unas horas, algo grande iba a quebrarse bajo esa normalidad aparente.
Caleb conducía con las manos firmes sobre el volante. No había titubeo en sus gestos. Su rostro estaba sereno, casi frío, pero por dentro llevaba el reloj corriendo. Sabía que cada minuto contaba.
Milán iba en el asiento trasero, observando los detalles del camino como si los estuviera memorizando por última vez. Rous, a su lado, miraba al frente, pero no veía la calle: veía líneas de tiempo superpuestas, decisiones que ya había tomado y otras que estaba a punto de tomar sin