Rous sintió cómo el aire se le iba de los pulmones. Su rostro perdió el color por completo, y por primera vez en mucho tiempo, no encontró palabras que disfrazaran su miedo. Caleb sostenía la prueba de embarazo en la mano, con los restos del empaque rasgados, y una sonrisa que no debía existir en esa escena. Su alegría contrastaba con la mirada vacía y desencajada de ella.
—¡No puedo creerlo! —exclamó Caleb, con una emoción limpia, casi infantil—. ¡Vamos a ser padres! Rous… ¡vamos a tener un hi