El yate reposaba como un animal precioso en el muelle: lino blanco, maderas pulidas, una quietud de lujo que olía a alcohol añejo y a poder. Rous ascendió la pasarela con la cadencia de quien practica la indiferencia como coraza, aunque por dentro le resonaba el miedo y la decisión.
Sus tacones marcaron un compás frío sobre la cubierta hasta que, en el salón principal, el aire cambió: más denso, más caliente. Allí, en medio del esplendor, David la esperaba como si el mundo hubiese sido hecho pa