El aire que se colaba por la hendidura de la pequeña ventana le arrebató la poca esperanza. El silencio, un ruido insoportable. Rous apretó la prueba con fuerza hasta sentir el plástico crujir entre sus dedos. Las lágrimas no brotaron; hacía tiempo que su llanto se había convertido en un rencor seco, en una rabia que quemaba más que el fuego.
Sosteniendo la prueba a medio destruir, su grito se escondió con el sonido de la descarga del inodoro. —No... no puede ser —susurró, mirándose al espejo r