Milán se volvió lentamente hacia Caleb, limpiándose las manos con un pañuelo que ya estaba manchado de sangre. Su voz sonó fría, profesional, casi serena. —Déjame a mí. No deberías ensuciarte las manos con basura como esta. —Lo dijo sin apartar la vista de los dos hombres que temblaban frente a ellos, las muñecas atadas, la respiración cortada por el miedo.
Caleb, apoyado contra la pared, encendió un cigarro. No respondió. Su mirada era un abismo contenido: fuego y hielo mezclados en una calma