El muchacho tragó con fuerza, como quien intenta empujar una piedra por la garganta. Sus ojos buscaron en el rostro de Caleb una señal de piedad y hallaron, en cambio, la gravedad templada de un hombre que ya no tenía retorno. Respiró hondo y habló, cada palabra saliendo como un confesionario maldito.
—No fue por Rous —dijo al fin—. Al menos no del todo.
—¿Entonces qué fue? —Caleb apretó los labios; la sala pareció inclinarse hacia sus palabras.
El joven murmuró, bajando la vista: —David vio un