El acuerdo con Piotr pesaba como plomo en el estómago de Brany. Dos días. Cuarenta y ocho horas de limbo en una Roma que de repente se sentía como un escenario vacío, todas las luces apagadas salvo la que iluminaba su próximo y peligroso movimiento. Había regresado a su hotel, un alojamiento discreto cerca del Trastevere, y la habitación le pareció una celda elegante. El eco de la voz de Andrey "Cada maldito día ha valido la pena" ya no competía con el tráfico, sino que resonaba en el silencio, un mantra desgarrador y embriagador.
La prohibición de contacto era lógica, una línea roja dibujada en el mapa de su misión. Pero el corazón, ese órgano ilógico y terco, no entendía de estrategias. La necesidad de verlo, de tocar la textura de esa verdad que él había soltado entre ellos, era un dolor físico, un hambre aguda.
La noche del segundo día, la víspera de su vuelo, la lluvia regresó con más fuerza, azotando los cristales de la ventana. Brany no podía quedarse entre cuatro paredes. Se p