El vuelo a Podgorica fue un viaje a través de nubes grises y una inquietud interior que Brany apenas podía contener. La escena bajo la lluvia romana se reproducía en un bucle infinito en su mente, cada detalle grabado a fuego: la textura de la lana mojada de su abrigo, el temblor casi imperceptible de sus manos al tocar su rostro, el sabor salado y desesperado de aquel beso. Era una brasa en su pecho, cálida y dolorosa a la vez, que la mantenía alerta.
Al aterrizar, el contraste fue abrupto. El