El vuelo a Podgorica fue un viaje a través de nubes grises y una inquietud interior que Brany apenas podía contener. La escena bajo la lluvia romana se reproducía en un bucle infinito en su mente, cada detalle grabado a fuego: la textura de la lana mojada de su abrigo, el temblor casi imperceptible de sus manos al tocar su rostro, el sabor salado y desesperado de aquel beso. Era una brasa en su pecho, cálida y dolorosa a la vez, que la mantenía alerta.
Al aterrizar, el contraste fue abrupto. El sol montenegrino, invernal pero brillante, se estrellaba contra las montañas escarpadas que rodeaban la capital. El aire olía a pinos y a tierra húmeda. Un hombre delgado, con gafas de pasta y una sonrisa cansada pero amable, la esperaba con un cartel discreto que decía “Sra. Petrova – Investigación Cultural”. Era Leo, el ex periodista de Piotr.
—Branya, un placer —dijo en un inglés fluido con acento italiano, estrechándole la mano con firmeza—. Leo Conti. Su guía en esta… peculiar búsqueda de