El lugar no era un palacio oscuro ni una oficina blindada. Era la Galería Borghese, en una visita privada concedida a última hora a un misterioso benefactor. Cuando Brany entró, guiada por un guardia silencioso, la galería estaba vacía de turistas, solo habitada por los mármoles de Bernini y las pinturas de Caravaggio, bañados por la luz dorada de la tarde que se filtraba por las ventanas.
Y allí, de pie frente al Rapto de Proserpina de Bernini, donde las manos de Plutón se hunden en la carne d