El lugar no era un palacio oscuro ni una oficina blindada. Era la Galería Borghese, en una visita privada concedida a última hora a un misterioso benefactor. Cuando Brany entró, guiada por un guardia silencioso, la galería estaba vacía de turistas, solo habitada por los mármoles de Bernini y las pinturas de Caravaggio, bañados por la luz dorada de la tarde que se filtraba por las ventanas.
Y allí, de pie frente al Rapto de Proserpina de Bernini, donde las manos de Plutón se hunden en la carne de mármol de la diosa con una violencia terrible y sensual, estaba Andrey.
No la miró cuando ella se acercó. Su perfil estaba tallado en una concentración absoluta, contemplando la escultura. Vestía un traje oscuro y sencillo, pero su postura era la de un general antes de la batalla, cargada de una tensión que electrizaba el aire a su alrededor.
—Bernini —dijo él, su voz resonando suavemente en la sala vacía—. Capturó el instante exacto en el que la belleza es violada, en el que el mundo se parte