Andrey dio un paso adelante, cerrándose la distancia. El aire entre ellos vibraba. —¿Sabes lo que pides? ¿Sabes lo que sería para mí verte sentada en una sala de interrogatorios, sometida a esa presión, por mi causa? Sería una tortura peor que cualquier cosa que puedan hacerme a mí.
—Es la única manera —insistió ella, alzando la barbilla—. Si tú caes, todo cae. Y yo… yo ya estoy perdida si tú no estás. Lo supe en la plaza. Lo supe bajo la lluvia. Así que déjame hacer esto. Déjame ser tu jugada maestra, no tu punto débil.
Él levantó una mano, como para tocarla, pero la detuvo a centímetros de su mejilla. Una batalla interna se libraba en su mirada: el hombre que quería poseerla, protegerla, esconderla, contra el hombre que la amaba lo suficiente como para respetar su voluntad, por temeraria que fuera.
—La carta —dijo, bajando la mano—. ¿Qué dice?
—No lo sé. Pero Krupin dijo que era para que yo entendiera. Déjame leerla. Aquí. Ahora. Y decidamos juntos.
Andrey asintió, una rendición mín