La lluvia fina de Roma se había convertido en una niebla persistente que envolvía la ciudad como un tul gris. Brany caminaba sin rumbo fijo durante casi una hora, el mensaje enviado a Piotr ardiendo en su bolsillo como un carbón. La confesión de Andrey resonaba en su cabeza, un eco atronador que competía con el rumor del tráfico húmedo. "Cada maldito día... ha valido la pena." Eran las palabras más egoístas y más devastadoramente honestas que jamás le habían dicho. No la absolvían. La ataban a