La lluvia fina de Roma se había convertido en una niebla persistente que envolvía la ciudad como un tul gris. Brany caminaba sin rumbo fijo durante casi una hora, el mensaje enviado a Piotr ardiendo en su bolsillo como un carbón. La confesión de Andrey resonaba en su cabeza, un eco atronador que competía con el rumor del tráfico húmedo. "Cada maldito día... ha valido la pena." Eran las palabras más egoístas y más devastadoramente honestas que jamás le habían dicho. No la absolvían. La ataban a él de una manera nueva y más peligrosa: con los ojos abiertos.
Su teléfono vibró. Un número nuevo, una ubicación: un café librería cerca de la Piazza Navona, en una callejuela poco transitada. "Ven sola. En 40 minutos. P."
El lugar era un refugio de penumbra y olor a papel viejo y café tostado. Estanterías atestadas llegaban hasta el techo. En una mesa al fondo, casi oculto entre pilas de libros, Piotr la esperaba. No tenía la sonrisa afable de antes. Su rostro era una máscara de preocupación co