El escape de Montenegro fue una odisea de carreteras secundarias, noches en casas seguras que olían a humedad y mentiras, y un constante hormigueo de paranoia en la nuca. El sobre de Krupin, sellado con cera roja antigua, pesaba como una losa en la mochila de Brany. No lo había abierto. Era una bomba de relojería emocional que no podía permitirse que estallara aún, no en medio de la huida.
La reunión con Piotr estaba programada en un lugar que solo podía describirse como una contradicción: la terraza panorámica de la basílica de San Pietro in Vincoli, en Roma, al amanecer. Un lugar turístico, lleno de luz y de la magnificencia de Miguel Ángel, el último sitio donde alguien buscaría una conspiracia sombría.
Brany llegó primero, con el corazón aún acelerado por los últimos tramos del viaje. La ciudad despertaba bajo una luz dorada y suave. Desde allí, Roma se extendía como un tapiz de tejas y cúpulas. La encontró junto a la verja, mirando el Moisés. No parecía el hombre preocupado del c