Volver a casa después de una fiesta nunca había sido tan confuso. Me dolían los pies y la cabeza me daba vueltas como si aún siguiera dando las volteretas de hacía un rato con Jenny. Las medias de seda que me había tomado —esos tragos que servían en vasitos finos y que sabían a perfume de frutas— me habían nublado el juicio más de lo que estaba dispuesta a admitir. Aunque intenté mantenerme en control, mi risa nerviosa y mis pasos zigzagueantes me delataban.
Jenny, como siempre, fue el alma de