Mundo ficciónIniciar sesión—Qué preciosa te ves vestida de blanco, cariño. Los cuatro años en el extranjero te han sentado de maravilla y ahora eres una mujer preciosa. Eres digna de mi hijo, tienes todo lo que necesita para ser su esposa: bella, delicada y... obediente.
Obediente...
La mujer que le dio vida al ser miserable que se encuentra frente a mí dice sus palabras con cariño. Ha estado conmigo después de que mi madre murió.
—Así es, Nora. Es digna del apellido Harrington. Podemos comenzar cuando ustedes quieran; el juez aguarda en mi despacho.
¿Qué? ¿Será ahora?
—Quiero un abogado.
Exijo con total seguridad, pero asustada hasta la m****a. Eso solo desata sonrisitas entre las personas que me rodean.
—No lo tendrás. Revisarás los documentos que te esperan sobre el escritorio y, te guste o no, los firmarás sin objeciones ni pataletas.
Dice quien se supone debería ser quien me cuide de personas como él.
Nos movemos con discreción hacia el despacho, pero todos nos miran con expectación. Un hombre a quien conozco como el abogado de mi padrastro y otro que jamás he visto en mi vida. Supongo que es el juez que hará legal el matrimonio.
Me siento frente al escritorio y tomo los documentos. Leo con cuidado cada palabra.
Son unos hijos de puta. Todos ellos...
Tengo derecho a disponer de la fortuna de mi futuro esposo siempre y cuando no haga mal uso de ella.
· Tengo prohibidas las salidas al extranjero sin la compañía de mi esposo.
· Tengo que estar casada con Alexander al menos dos años para pedir el divorcio.
· No puedo estudiar, ejercer o trabajar.
Claro, como una Harrington haría algo tan básico como trabajar. Eso arruinaría su perfecta imagen en la sociedad.
Los siguientes puntos me importan un carajo, es más de lo mismo. Pero lo último sí me pone a la defensiva.
DEBO DARLE UN HEREDERO A LA FAMILIA HARRINGTON.
—Firma los documentos. El juez ya tiene el acta de matrimonio preparada para ser firmada por ambas partes.
No hay condiciones para Alexander; puede hacer lo que le dé la gana.
—No veo que sea un acuerdo justo. Aquí no veo nada más que condiciones y restricciones para mí. ¿Qué hay de Alexander? ¿Él solo tendrá derecho a mí y yo debo aceptarlo así nada más?
—Exacto. Tú serás mi esposa por dos años mínimo, me darás un hijo y luego puedes irte con una gran cantidad de dinero a donde se te antoje. —Los ojos fríos de Alexander me congelan cuando me habla directamente, como si estuviera haciendo una propuesta de negocios.— El acuerdo es solo para ti. Yo haré lo que me venga en gana, como lo he hecho toda la vida. —Sonríe, esta vez con diversión.— Seré discreto, no te preocupes. Jamás te pondré en una situación en la que te veas envuelta por los rumores de mis indiscreciones.
—Firma.
John presiona y yo no tengo opciones. Solo serán dos años, pero ¿hijos?... ¡Que siga soñando!
—No tendremos hijos. Soy estéril.
Miento.
—No lo eres. Te pusiste un dispositivo en Alemania hace dos años y te lo quitarás hoy mismo. No habrá barreras entre nosotros dos.
—¿Cómo sabes que tengo un dispositivo? ¿Desde cuándo sabes qué hago o qué no hago con mi cuerpo?
—Lo supe cuando comenzaste a vivir la vida loca de una universitaria. Eras mi maldita prometida; si te movías, yo estaba informado de que lo hacías.
Maldito desgraciado... Nunca tuve libertad como creía... solo me dejó hacer lo que yo quería.
—¿Por qué dejaste que hiciera lo que yo quería todos estos años?
—Porque quería que tuvieras una vida normal antes de atarte a mí. Agradéceme eso al menos. John quería casarte antes de que te fueras; el infeliz está desesperado por el resto del dinero o por sacarte de su vida de una vez por todas.
Él sonríe y me extiende una pluma para que firme los documentos.
—No dejaré que me toques, tenlo presente.
Su mirada se oscurece más y sé que lo que dirá cortará mi piel.
—No tenía pensado tocarte, pero no descarto que tú sola te metas en mi cama.
¿Por qué me toma? No soy una de las tantas mujeres que se arrastran a él solo por su dinero o su apariencia de semidiós, porque sí, es un hombre hermoso, pero solo con abrir la boca arruina todo lo que su impresionante aspecto muestra.
—Sigue soñando.
Le quito de la mano la pluma que aún me tiende y firmo los documentos. Luego el juez desliza el libro y también dejo mi firma. Descubro que Alexander no firmó aún y me quita sin delicadeza la pluma para dejar su firma junto a la mía.
—Felicidades, señor y señora Harrington.
Señora Harrington... qué asco. Me llamo Bárbara Caparano, tengo 22 años y juro que no les haré la vida tan sencilla a todos estos bastardos.
Alexander toma mi mano y rápidamente me arrastra sin disimulo a un automóvil. Cuatro camionetas con hombres de traje oscuro nos siguen por la carretera, sin saber a dónde demonios me llevaban.
¿Qué pasó con todas esas personas en la mansión?
La verdad no me importa. Ninguno de ellos me quiere. Ahora que celebren los millones que este bastardo les dará.
Él no me ha mirado ni me dirige una sola palabra. Baja del vehículo y yo espero al menos que, por amabilidad, me ayude a bajar, ya que el vestido es incómodo y pesado.
No lo hace. Se adentra en una mansión más grande que la de mi padrastro y cierra la puerta con tanta fuerza que el ruido me hace sobresaltar en el asiento.
Me quedo quieta sin saber qué hacer hasta que minutos después uno de sus hombres, de traje a medida y mirada penetrante, abre la puerta y me ofrece con gentileza su mano.
El exterior es hermoso. El jardín es amplio y está lleno de flores rojas donde sea que mire.
—Permítame acompañarla a su habitación, señora Harrington.
Otra vez esa palabra.
—Solo Bárbara. No me digas señora.
El hombre niega con la cabeza y cuando iba a decir algo lo corto.
—Agradezco que me ayudes. Al parecer, mi esposo olvidó que estoy aquí.
Caminamos hasta la puerta de entrada. La abre y me deja pasar primero. Todo lo que hay aquí grita “Fortuna”. Pero a mí esas cosas no me impresionan.
—Solo dime dónde queda mi habitación e iré sola. No hace falta que me acompañes.
El hombre asiente y lo sigo hasta el pie de la escalera.
—Tercer piso, primera puerta a la izquierda.







