Sin hacer ruido, salgo de la alcoba, cerrando la puerta detrás de mí con cuidado, y me alejo lo suficiente antes de atender la llamada entrante. No hablo. Solo escucho la respiración enfadada al otro lado de la línea, áspera y agitada, como si llevara demasiado rato conteniéndose para no estallar.
—¡Hasta que por fin atiendes! ¡Han secuestrado a nuestro hijo y hasta ahora respondes el móvil, Bárbara! ¿Qué demonios te pasa?
Suelto una risita y no puedo contenerme. Este tipo parece imbécil por