Salgo de ella y me dirijo al baño. Tomo una toalla limpia, la humedezco con agua tibia y vuelvo a la habitación. Ella está cubriéndose con la sábana y se la quito con delicadeza.
—Sepáralas, te limpiaré.
Su rostro hace un gesto extraño, seguramente por la sorpresa que le provoca la orden.
—Abre las piernas, Bárbara. No tienes que sentir vergüenza de mí. Jamás.
Las mejillas de ella se tornan rojas, avergonzada. Intenta mantenerlas cerradas pero una sola mirada mía basta para que deje de resi