Sentados en el sofá victoriano de la espléndida sala en casa de Antonio, Unavi y él charlaban. Las llamas de la chimenea les pintaba los rostros de anaranjado candor.
—¿Así que conoces a la bestia?
—Yo lo conozco como Mad y es un buen amigo, pero prefiero no saber mucho sobre sus actividades laborales —dijo ella.
—Eso es muy sabio de tu parte, eres una mujer sensata.
—Gracias, Tony. Aprecio mi vida y quiero que dure mucho tiempo.
Luego de que Unavi le contara el que era su mayor secreto, hu