El silencio que siguió no fue alivio.
Fue vacío operativo.
San Gregorio amaneció con oficinas abiertas y decisiones suspendidas. Nadie daba órdenes claras. Nadie las pedía. El sistema seguía en pie, pero había perdido el pulso que lo empujaba, para bien o para mal.
—Cuando cae una figura central —murmuró Carlos—, queda al descubierto todo lo que sostenía por inercia.
Caminaba por el borde del pueblo cuando lo dijo. No llevaba credenciales. No llevaba carpeta. Solo el cuerpo cansado de alguien que había sostenido demasiado tiempo una tensión que ya no podía descargarse.
La investigación avanzaba sin nombres públicos. Eso tranquilizaba a algunos y desesperaba a otros. A él, lo dejaba en un punto incómodo: visible sin poder.
—Te van a pasar la cuenta —le dijo una voz conocida— No ahora. Después.
Carlos asintió.
—Siempre es después.
Adriana observaba a distancia.
No intervenía.
No coordinaba.
No opinaba en público.
Pero escuchaba.
El pueblo había cambiado de volumen. Ya no gritaba. Susurr