El tiempo empezó a comportarse de otra manera.
Ya no avanzaba a empujones, como cuando todo era urgencia, ni se detenía en silencios incómodos. Avanzaba lento, con una cadencia nueva, como si San Gregorio estuviera aprendiendo a respirar sin instrucciones.
Adriana permaneció unos días más.
No por necesidad.
Por responsabilidad emocional.
Había entendido algo que no estaba en ningún manual ni discurso: cuando el conflicto se apaga, lo que queda también necesita acompañamiento. No para ser guiado