El tiempo empezó a comportarse de otra manera.
Ya no avanzaba a empujones, como cuando todo era urgencia, ni se detenía en silencios incómodos. Avanzaba lento, con una cadencia nueva, como si San Gregorio estuviera aprendiendo a respirar sin instrucciones.
Adriana permaneció unos días más.
No por necesidad.
Por responsabilidad emocional.
Había entendido algo que no estaba en ningún manual ni discurso: cuando el conflicto se apaga, lo que queda también necesita acompañamiento. No para ser guiado, sino para no sentirse abandonado.
Las conversaciones cambiaron de tono.
—¿Y ahora qué? —le preguntó un hombre mayor una mañana— Sin enemigos claros… sin culpables evidentes…
Adriana lo miró largo rato antes de responder.
—Ahora toca hacerse cargo de lo cotidiano —dijo— Eso siempre fue lo más difícil.
El hombre asintió, pero no parecía convencido.
—Eso no tiene épica.
Adriana sonrió con suavidad.
—Exacto.
Carlos ya no estaba, pero su ausencia era distinta a la de Nicolás.
No pesaba.
No incomoda