La ciudad amanecía envuelta en un gris espeso, un color que parecía tragarse la luz en lugar de reflejarla.
Era un amanecer delgado, como si el día tuviera miedo de revelarse por completo.
Carlos Serrano cruzó el vestíbulo de la comisaría con los hombros tensos y el ceño fruncido.
El murmullo de voces, teléfonos, máquinas de café y pasos apurados resonaba como ruido blanco, pero él escuchaba todo. Cada sonido, cada palabra, cada suspiro. Sabía que hablaban de él. Sabía que hablaban de ell