Capítulo 33

La ciudad amanecía envuelta en un gris espeso, un color que parecía tragarse la luz en lugar de reflejarla.

Era un amanecer delgado, como si el día tuviera miedo de revelarse por completo.

Carlos Serrano cruzó el vestíbulo de la comisaría con los hombros tensos y el ceño fruncido.

El murmullo de voces, teléfonos, máquinas de café y pasos apurados resonaba como ruido blanco, pero él escuchaba todo. Cada sonido, cada palabra, cada suspiro. Sabía que hablaban de él. Sabía que hablaban de ella.

Había dormido poco —o nada—, y cada hora que pasaba lo hundía más en un conflicto que parecía no tener bordes, ni salida, ni salvación.

Entró a la sala de reuniones donde un equipo reducido revisaba las últimas evidencias del caso.

Imágenes proyectadas en la pantalla mostraban calles oscuras, sombras bajo puentes, siluetas borrosas captadas por cámaras de mala calidad y ahí, entre esas fotografías, estaba una imagen que Carlos hubiera querido romper: una silueta femenina, caminando sola
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