Adriana caminaba rápido, casi sin sentir el peso de sus pasos sobre la acera.
La ciudad se extendía frente a ella como una masa difusa de luces y ruido, pero nada de eso lograba atravesar la burbuja de tensión que la envolvía. Iba con la capucha puesta, el rostro en sombras, las manos temblando dentro de los bolsillos.
El mensaje seguía clavado en sus ojos:
“Ya es hora.”
Hora de qué.
Hora para quién.
Hora de enf