Adriana caminaba rápido, casi sin sentir el peso de sus pasos sobre la acera.
La ciudad se extendía frente a ella como una masa difusa de luces y ruido, pero nada de eso lograba atravesar la burbuja de tensión que la envolvía. Iba con la capucha puesta, el rostro en sombras, las manos temblando dentro de los bolsillos.
El mensaje seguía clavado en sus ojos:
“Ya es hora.”
Hora de qué.
Hora para quién.
Hora de enfrentar qué.
No sabía si era una amenaza, una advertencia o una trampa pero sí sabía algo: no podía ignorarlo. Ya no.
Había vivido demasiados años controlando cada movimiento para dejar que algo (o alguien) la manejara ahora y si había una verdad escondida detrás de esa frase, prefería enfrentarla directamente, aunque eso significara perderlo todo.
El viento golpeó su rostro con fuerza y se detuvo en la esquina de un parque casi vacío. El l