La lluvia repiqueteaba contra los ventanales del apartamento cuando Adriana cerró la laptop. Había pasado la tarde revisando informes y escribiendo correos, trabajando sin parar, aunque en realidad no había procesado nada. Su mente estaba enredada en dos nombres: John y Carlos.
John, siempre presente, siempre dispuesto, siempre ofreciéndole la devoción que ella había aprendido a manipular. Lo usaba cuando lo necesitaba: para cenar, para distraerse, para llenar vacíos físicos. Sabía que lo ten