La lluvia repiqueteaba contra los ventanales del apartamento cuando Adriana cerró la laptop. Había pasado la tarde revisando informes y escribiendo correos, trabajando sin parar, aunque en realidad no había procesado nada. Su mente estaba enredada en dos nombres: John y Carlos.
John, siempre presente, siempre dispuesto, siempre ofreciéndole la devoción que ella había aprendido a manipular. Lo usaba cuando lo necesitaba: para cenar, para distraerse, para llenar vacíos físicos. Sabía que lo tenía en sus manos, y esa certeza le otorgaba poder. Pero ese poder empezaba a sentirse inútil.
Carlos, en cambio, era distinto. Un hombre que no se rendía a sus encantos con facilidad, que no se derretía con sonrisas ni halagos. Carlos la miraba como nadie, y esa mirada le hacía sentir algo peligroso: vulnerabilidad.
Adriana encendió un cigarrillo y lo sostuvo entre los dedos con elegancia. En el humo que ascendía, vio la silueta de ambos hombres mezclarse, hasta que el rostro de John se desva