La tarde había caído lentamente sobre la ciudad, tiñendo de naranja los edificios. Adriana estaba en su apartamento, rodeada por libros abiertos, aunque ninguno retenía su atención. Había pasado horas intentando concentrarse en la lectura, pero cada párrafo terminaba disolviéndose en un solo recuerdo: la mirada de Carlos Serrano en el mercado.
Lo había visto antes, en la exposición, en el café, en la calle. Pero aquel encuentro entre puestos de frutas y aromas de especias había sido distinto. Había algo casi doméstico en ese escenario, una cercanía que la incomodaba más de lo que quería admitir.
Carlos no había dicho nada fuera de lugar. Hablaron de cosas triviales: manzanas, café, la ciudad y, aun así, ella sintió que estaba expuesta. Que cada palabra suya era registrada con precisión, como si él pudiera analizarla de la misma forma que analizaba un caso.
Se sirvió una copa de vino y se miró al espejo del salón. La mujer que devolvía el reflejo era impecable: elegante, segura,