Tarian, Carla y Milka se sentaron juntas en un banco del jardín. Elena se unió a ellas al poco tiempo. Las cuatro mujeres, que habían pasado por tanto juntas, ahora disfrutaban del sol y del chisme.
Carla comenzó.
—Hay unas lobas en mi manada que no dejan de rondar a Moron.
—¿En serio? —preguntó Milka.
—Sí. Se le acercan, le sonríen, le ofrecen comida. Es desesperante.
—¿Y él qué hace?
—Las ignora. Pero a mí me da rabia.
—Es comprensible.
Milka se quejó.
—En mi manada también pasa. Una loba se l