Esa noche, los tres humanos se alojaron en el hotel cerca de la imponente fortaleza Lycan. Era un edificio elegante, de piedra blanca y techos de pizarra, con ventanas que miraban hacia el bosque y la montaña. El personal los recibió con una eficiencia fría pero cortés, y fue entonces cuando Antonio se dio cuenta de que seguían en otro mundo.
Los recepcionistas, los botones, incluso las camareras que sirvieron la cena... todos se veían casi como los Lycan. Altos, de movimientos gráciles, con un