—Este hijo de puta...—
Marco sostuvo el teléfono unos segundos entre los dedos, observando la pantalla como si pudiera estrangular al hombre al otro lado. Su respiración se aceleraba. El odio hacia su hermano le quemaba el pecho como una braza ardiente.
Entonces, lo lanzó con furia contra la pared. El estruendo del impacto no fue suficiente para calmar su rabia.
Se pasó la mano por la cara, exhalando pesadamente. Luego, rió. Una risa sucia, torcida, llena de veneno.
—Después de todo... no eres