De vuelta a la casa, sus tacones resuenan con rapidez. En un momento de euforia por escapar, tropieza y cae al piso.
Hoy ha sido muy torpe.
Intento cogerla para levantarla, pero me rechaza de un manotazo.
—¡Vete a la mierda! —sus ojos me miran, llenos de lágrimas.
La tomo por el cuello y la dejo caer de nuevo. Presiono su vientre con una pierna.
—¿Te sientes libre porque te irás mañana? —su pecho sube y baja con rapidez. Mi cabello cae sobre la frente, húmedo por el sudor. La adrenalina hierve.