—Dante... no apartes la mirada de mi cuerpo ni siquiera un segundo—
Mis ojos no vacilan. Mi mirada es inquebrantable, oscura y hambrienta. No puedo creer que ella me esté diciendo estas cosas.
Estoy a punto de perder la poca conciencia que me queda, a punto de liarme para siempre con su cuerpo.
Entre mis manos tomo mi pene y lo acaricio con sutileza por toda su vagina, empapándola de los fluidos que la excitación severa me ha provocado.
—¡Ahh! Maldita sea, Sol—tiemblo debatiendo entre si debo h