—¡Dante... por Dios! Quédate como te estoy dejando —suspiro harta.
—¿No deseas que esté erecto? —me lanza una mirada coqueta y entrecierro los ojos.
—¿Quieres que exponga tu pene al mundo? ¿Te has vuelto loco? —sonrío.
—¿Te pone celosa eso? —me lamo los labios, humedeciéndolos apenas.
—Sí, me pone muy celosa —ríe con descaro y me lanza un beso al aire.
Él está sentado en una silla, relajado, con una pierna estirada y la otra flexionada. Su mano izquierda sostiene su cabeza, mientras la derecha