Arrastrada al infierno.
Llamo a Dante y el teléfono suena.
Estoy nerviosa. No sé cómo mentirle... pero lo haré sin dudar.
—Mi muñeca. —El corazón se me acelera apenas lo oigo llamarme así.
Tiene esa maldita habilidad de sonar romántico justo cuando voy a hacer algo que no le conviene.
—Ah... ¿crees que puedes quedarte con los niños esta noche también? —La mano me tiembla... y todo el cuerpo también.
Se aclara la garganta, relajado, y responde enseguida:
—Claro. ¿Tienes planes?
—N-no... es... es para terminar los cuadr