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Adrián había abatido a la bestia que lo atacó y, con la urgencia palpitando en sus pasos, se dirigió hacia mí para apartarme de Kalia. Sin embargo, el fragor de la batalla se desvaneció en un solo instante, cuando la voz de Anastasia rasgó el aire como un presagio.
—¡La fiesta ha terminado… ya tengo lo que quería! —declaró, con un dejo de triunfo venenoso.
Alcé la mirada, y mis ojos se toparon con una escena que desgarró mi alma: Lavied y Anastasia sujetaban a Tristán por el cuello y los br