Victoria
Adrián me había colocado otra bolsa de suero mezclada con el antídoto. Mientras me administraba el medicamento, se mantuvo en un silencio espeso, casi doloroso, concentrado únicamente en atender mis heridas. Su nueva actitud, distante y profesional, me exasperaba… y al mismo tiempo, una punzada de culpa me atravesó. Sabía que había sido indócil respecto al tema de la reencarnación, y que mis palabras no fueron justas.
—Debes seguir descansando —me aconsejó, sin añadir nada más. Desapar