Desde aquella noche, algo había cambiado.
Adrián se volvió más distante. Cumplía su promesa de entrenarme, pero su mirada evitaba la mía, como si mis labios aún le suplicaran algo que su razón se empeñaba en olvidar. El fuego entre nosotros no se extinguió, simplemente quedó sepultado bajo capas de orgullo, miedo y silencio.
Yo, en cambio, no podía ignorar lo vivido. La visión de Tristán seguía clavada en mi mente como un anzuelo espectral. Había sentido su presencia. Su voz. Su perfume. No fue