Bajé el rostro para romper el momento; Adrián lo comprendió de inmediato y continuó revisando la herida.
—Estás bien. Tu evolución ha sido notable —dijo con voz suave.
Pero mi cuerpo volvió a temblar. Adrián se percató de ello, deteniendo su expedición por mi pierna. Sin pensarlo, tomó mi otra pierna y me atrajo con firmeza, acomodándome sobre sus caderas en un solo movimiento. Quedé sentada en horcajadas sobre él, como un jinete a punto de domar a su fiera.
Estaba sin aliento, desorientada. En