Victoria
La voz de Tristán resonó en mi mente justo cuando sentí que se alejaba, desvaneciéndose en la oscuridad.
—¡No! —grité con todas mis fuerzas, obligando a Adrián a frenar la moto de golpe.
Salté del vehículo y llevé una mano al pecho. Las piernas me flaquearon y caí de rodillas sobre el asfalto frío de la calle desierta.
—¿Qué ocurre? —preguntó Adrián, alarmado. Al no obtener respuesta, me sostuvo con fuerza del brazo y me obligó a incorporarme. Era evidente que estaba al borde del colap