Adrián salió del trance y sus manos me soltaron; al hacerlo, cayó al piso desmayado, y yo también había caído arrodillada. Al verlo tirado en el suelo de aquel salón, gateé hasta llegar a su lado; ahora el pavor me poseía. ¡Qué diablos había sucedido! ¿Qué había hecho yo para que él quedara tan debilitado? Lo tomé y coloqué su cabeza en mis piernas, seguidamente comencé a acariciar su rostro.
—¡Adrián reacciona! ¿Abuela, qué le sucede? Dime, ¡lo maté! —Ya comenzaba a entrar en pánico, vi en