—No pienso dejarte ir sin que desayunes —advirtió Tristán, con esa firmeza encantadora que a veces lograba desarmarme.
—¡Mira la hora que es! Me olvidé completamente de mi padre… —revisé el móvil, angustiada—. Tiene varias llamadas perdidas.
—Si te calmas y respiras, verás que ese problema ya está resuelto. Apostaría mi inmortalidad a que Abby y tu abuela ya habrán calmado a Albertico —dijo con tono despreocupado.
—Tristán, no te refieras a mi padre de esa manera —le reclamé, con el ceño frunci