Victoria.
Mi padre había mejorado notablemente, lo que me brindó un respiro. Necesitaba tranquilidad para concentrarme y proteger la casa. Agnes y Abby me ayudaban a sellar la propiedad para impedir la entrada de cualquier otra sombra oscura.
—Voy por un poco de limonada, muero de sed —anunció Abby—. ¿Quieren un poco?
Asentimos. Cuando se marchó, Agnes percibió mi inquietud.
—¿Quieres preguntarme algo?
—¿Es tan evidente? —Intenté sonreír, pero ella solo arqueó una ceja con complicidad.
—Digamos