35.
Sebastian, a pesar de la montaña de informes que aún le esperaban, sintió una inquietud que no lo dejó concentrarse. Sus pies lo llevaron de vuelta al ala de Bella un poco más temprano de lo habitual. Al llegar frente a su puerta, se detuvo, dudando con la mano suspendida en el aire.
"Quizás todavía esté durmiendo", pensó, debatiéndose entre entrar o buscar a una criada para preguntar por su estado. No quería interrumpir su descanso sabiendo lo mucho que necesitaba recuperar fuerzas. Sin embargo, antes de que pudiera decidirse a dar media vuelta, el picaporte giró con energía.
La puerta se abrió de par en par y allí estaba ella. Al ver a Sebastian parado en el pasillo, el rostro de Bella se iluminó con una alegría tan genuina que él sintió un vuelco en el pecho.
— ¡Sebastian! — exclamó ella, casi dando un saltito de emoción — ¿Qué haces ahí parado? ¡Pasa! Estaba esperando a que vinieras.
Él se quedó mudo por un segundo, recorriéndola con la mirada. La ropa que Anna y los sastres había