22.
Sofía soltó el abanico sobre la mesa con un golpe seco, observando con asco a la criada que aún sollozaba en el suelo, encogida y sangrando. El hecho de que Sebastian se hubiera marchado con esa indiferencia insultante la hacía hervir por dentro. Sentía que cada músculo de su cara vibraba de rabia.
— ¡Llévense a esta basura de mi vista! — gritó Sofía a los guardias de la entrada — ¡No soporto su llanto quejumbroso! ¡Sáquenla antes de que decida que un par de bofetadas no fueron suficiente casti