La noche era una manta de tinta, densa y sin estrellas. El único sonido era el pesado ir y venir de las botas de los guardias sobre la grava, un metrónomo que marcaba el pulso de mi encarcelamiento. Desde mi ventana, vi la fina línea de la luna creciente, una sonrisa torcida en el cielo. Era ahora o nunca.
Me acerqué a la chimenea apagada y hundí los dedos en las cenizas frías, guardando un puñado en un pequeño bolsillo de mi vestido. El plan era una locura. Un solo error y todo terminaría. Per