El primer sonido del día no fue el canto de un pájaro ni el murmullo del clan despertando. Fue el pesado crujido de las botas sobre la grava justo fuera de mi ventana, un recordatorio brutal y rítmico de mi nueva realidad: el cambio de guardia.
Me levanté y me asomé por la ventana. El sol de la mañana se filtraba entre los árboles, pero dentro de la cabaña, las sombras se sentían más frías y más densas que de costumbre. Mi hogar, mi refugio, se había convertido en mi celda. Los dos guardias, es