La noche envolvía la cueva en un silencio profundo, roto solo por el crepitar del fuego y el rugido constante de la cascada, que se había convertido en el latido del corazón de mi nuevo mundo. Caelus y Diana dormían en su nido, dos pequeños bultos de calor y paz en medio de mi existencia turbulenta. Los observaba, como hacía cada noche, memorizando la forma en que la luz de las llamas danzaba sobre sus rostros inocentes. Eran mi porqué, la razón de cada dolorosa lección, de cada gota de sudor h