El silencio fue lo primero que noté al despertar. No el silencio de la cueva, sino el de mi propia mente. La tormenta de Nera se había calmado, reemplazada por una quietud expectante. La tregua que habíamos forjado la noche anterior había cambiado algo fundamental en mí. Por primera vez, me sentía completa, mis dos mitades —la mujer y la loba— no en conflicto, sino en un tenso y respetuoso equilibrio.
Cuando salí de la cueva, después de asegurarme de que Caelus y Diana dormían plácidamente, enc