Pasó una semana. Siete amaneceres en los que me enfrenté a la lección del silencio, y siete atardeceres en los que regresé a mi cueva con un conejo o un par de aves, presas conseguidas no con la furia de una loba, sino con la precisión de un cuchillo. El agotamiento mental era más profundo que cualquier cansancio físico que hubiera conocido. Luchar contra mi propia impaciencia, contra el rugido constante de Nera que exigía velocidad y fuerza bruta, era una batalla que libraba a cada segundo.
Pe