Donde antes había estado una mujer, ahora había una loba. Más grande de lo que recordaba, con un pelaje plateado que absorbía la luz de la luna y la devolvía como un fuego frío, y con unos ojos que ardían como dos ascuas rojas.
No ataqué. No maté. Simplemente me moví.
Empujé a los Ancianos a un lado como si fueran muñecos de trapo. Salté por encima de Rheon, que había tropezado. Con un último rugido que era una promesa de venganza y un grito de libertad, rompí las grandes puertas de madera y